sábado, 2 de noviembre de 2013

IMPOSIBLE



Ese afán de trascendencia, inherente a la condición humana, siempre nos ha conducido a la no aceptación del no ser. La muerte, el vacío que la acompaña, el recuerdo de los que amamos y nos amaron, están presentes en cualquiera de las manifestaciones del arte, ya sea  en un lienzo, un pentagrama o una página escrita al dictado de la memoria, emborronada a veces por esa lágrima que duele.

Y los personajes literarios, como no podría ser de otro modo, interpretan la muerte, la piensan y la sufren, se debaten entre el dolor de la pérdida y la exigencia imperiosa de la vida, que sigue su curso sin aquéllos que ya no son.

Dejo aquí dos fragmentos extraídos de mis novelas que en un día como hoy podrían prestarse a la reflexión.

El primero recoge la nostalgia de Andrea Morales, personaje central de Esclavos de un motivo, al evocar a la madre que le arrancó la muerte en sus años infantiles:

Mi madre, y la suavidad de sus manos. Su voz de poesía y de cuentos en las oscuras y lluviosas noches de invierno, cuando el viento del norte traqueteaba la ventana de mi habitación para llevarse el sueño. Mi madre, y el sabor amargo del piramidón, que siempre traía en aquella pequeña copa, con un racimo de uvas tallado en el cristal azul, acompañado del familiar tintineo de la cucharilla cuando la fiebre poblaba mi almohada de fuego y delirios. Mi madre, y la caricia de su abrigo de mutón en aquellos domingos de diciembre, cuando me pegaba a ella en los bancos de la iglesia y, con mis dedos pequeños y helados, dibujaba círculos de seda sobre la piel marrón de aquel abrigo tan bonito que mi padre le había regalado por su cumpleaños.
Hasta que un atardecer de otoño me llevaron a casa de la abuela Julia. «No te preocupes, Andrea, pronto estarán aquí. Se han tenido que ir a Madrid porque allí hay muy buenos médicos —decía mi abuela con los ojos brillantes—. Duérmete tranquila». Pero yo no podía dormirme tranquila. A mis diez años presentía que algo muy grave estaba ocurriendo.
Todo el pueblo pasó aquella noche por la casa de la abuela Julia. Dos días más tarde mi madre volvió, y a mí me vistieron de gris para acompañarla en su último viaje. 

Y el segundo, expresa el lamento de Crisanta, protagonista de Una mujer de la Oretana, ante el cuerpo inerte de su hija:
                         
¡Ojalá que tus ojos pudieran mirarme, aunque me dijeran que había errado! Y tu memoria reviviera por unos instantes, para que tu boca tranquilizara mi conciencia. O lo contrario, que yo lo estaría lamentando hasta el fin de mis días. Pero la muerte te ha arrancado de la boca las palabras, y de los ojos la luz, y de la cabeza el entendimiento. Y esta vieja, que siempre te ha querido más que a la niña de sus ojos, no acierta a entender por qué ha aguardado hasta hoy, siendo que la muerte es el único momento de la vida que lo convierte todo en imposible. 
                        
Y este último pensamiento, el que cierra las sabias cavilaciones de Crisanta acerca de la muerte, hoy me resulta inquietante. 

Sí, es lamentablemente cierto; la muerte lo convierte todo en imposible. Imposibles las palabras no dichas, las caricias robadas por el egoísmo, las miradas arrebatadas a la ternura; la mano tendida hacia la voz que clama. 
Imposible el amor, la solidaridad, el respeto, la paz…  

Imposible la vida que no supimos vivir.     
                                     
                                                                            Consolación González Rico
                                            


2 comentarios:

  1. Que bueno, Conso.

    Gracias por tu sensibilidad e inteligencia

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    1. Gracias a ti por tus palabras; por hacerte eco de estas reflexiones mías que a veces necesito compartir.

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