miércoles, 25 de noviembre de 2015

25-N: UN AMIGO TE ESPERA



Cincuenta euros es todo tu capital y te ofrecen dos mil; no puedes despreciar la ocasión. El maquillaje y el peinado corren por cuenta de la cadena televisiva. Eso sí, indispensable por razones de imagen un escote generoso y una falda que permita a los telespectadores alegrar la vista. Es un principio estético del programa. Dudas un momento, pero recuerdas tu único billete y aceptas. Va a ser tu primera experiencia en un plató de TV. “Alguien muy especial desea encontrarse contigo”, dice la voz al otro lado del móvil. Piensas en Irina; la compañera con la que compartiste habitación y ausencias, y esa náusea crónica que os crecía en el estómago cuando, terminado el “trabajo”, cerrabais la puerta del pequeño cuarto y os quedabais solas. Quieres saber, pero la voz, escueta, corta la llamada con el título del programa: “Un amigo te espera”.

Ha llegado el día. Los nervios te aceleran el pulso mientras la chica que se encarga del peinado mueve el secador y el cepillo. Luego extiende el maquillaje por tu cara, pinta exageradamente tus ojos, y con el lápiz de labios desborda las líneas trazadas por la naturaleza. No te gusta y se lo dices. Te explica que hay que destacar el dibujo de los rasgos; los focos roban los colores. Te miras en el espejo y no te reconoces.
Una ovación larga acompañada de silbidos insolentes acoge tu entrada en escena. Tomas asiento en el centro de un sofá blanco que destaca sobre el azulón brillante del decorado. Con tu vestido rojo y tu escote. Insinuándote sin pretenderlo desde la atrevida careta del maquillaje.
“Hoy abrimos la temporada y el programa con una invitada de lujo; no hay más que verla”. Silbidos y aplausos. “Se llama Martina Nóvikov.  Bienvenida a “Un amigo te espera”. Das las gracias. Te llueven preguntas a las que respondes aturdida, al tiempo que buscas la elasticidad inexistente de tu vestido rojo que con impertinencia asciende hasta límites no deseados. “A ver si adivinas quién espera detrás del biombo para darte un abrazo”.
—Bueno… yo digo lo que es mi deseo. Me gustará que sea Irina.
Él irrumpe en el plató como el guerrero en el campo de batalla. No puedes evitar un mazazo en la sangre, ni unos brazos ásperos que te arrancan del asiento y rodean tu cuerpo, hasta fundirte en aquel olor ácido a alcohol y a sexo que no has logrado olvidar.
—Estás impresionante, Martina. Seguro que te acuerdas de los viejos tiempos… 
Una arcada de ansiedad asciende desde el estómago a tu garganta. Habla y habla. “La conocí en San Petersburgo. Le ofrecí trabajo y se vino conmigo, ¿verdad Martina?”
Sientes vergüenza y quieres taparte los oídos, pero las manos te pesan tanto como los recuerdos. “Trabajamos juntos en un bar de copas que yo tenía por aquel entonces...”
El miserable que sonríe a tu lado, con la promesa de un empleo te quemó la primera juventud. Mil días y mil noches de sexo sin rostro al que sobrevivías con los ojos y los dientes apretados.
Sientes el sudor de su mano, viscosa como la piel de un sapo, que va y viene desde tu rodilla al borde del vestido rojo.
—Te has quedado sin palabras, Martina —te dice el conductor del programa sonriendo con aplomo, mientras tus ojos dejan escapar hilos de rabia que se descuelgan por tu cara.
Una vez más has caído en las redes de tu viejo carcelero. Ahora lo entiendes todo. La invitación, el dinero, el atuendo, el maquillaje, no eran más que una trampa siniestra para golpear tu dignidad.
                                                              

 Consolación González Rico 

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