Mi ventana, cuando se me escapan las palabras. Nací en Torrecilla de la Jara, un pueblo que emerge y se hunde entre valles y colinas. Descubrí las letras en una escuela de paredes blancas, y aprendí a rescatar sueños encerrados en un libro sin pastas, que guardaba en sus hojas gastadas la magia de los cuentos de Grimm. Cada día me siento ante el teclado a esperar la visita de las musas rodeada de plantas y luz. Suelen visitarme a la hora del café; creo que les encanta mi pequeño rincón.
jueves, 27 de marzo de 2014
LA OTRA MUERTE
Mueres cuando detienes
tus pasos
y encarcelas palabras,
cuando doblegas
la rodilla a la vida,
cuando dejas que los sueños
se escapen
del cuenco de tus manos,
como se escapa el agua.
Cuando el miedo
paraliza tus brazos
y ahoga las caricias
tanto tiempo guardadas.
Mueres cuando el silencio
y la fatiga
te vacían por dentro,
y el hueco de la ausencia
te llena las entrañas.
Cuando las huellas
de quien tanto amaste
se borran de tu piel
con la lluvia heladora
de la desesperanza.
Mueres cuando el dolor
se hace costumbre,
y de tanto dolerte
ya no duele.
Cuando la soledad
arranca de tu carne
esa espina dorada
que te sangraba dentro,
y ya no sientes nada…
Y una noche cualquiera,
hasta tu almohada blanca,
una lágrima fría,
la última tal vez,
se vierte por tu cara.
Consolación González Rico
viernes, 21 de marzo de 2014
SUEÑOS EN LA VENTANA
Un batir de alas negras
sobrevuela silencios,
las palabras se empujan
entre labios heridos,
tiembla el invierno seco
en los pliegues del alma,
vuelve la primavera
a tu cuerpo cansado.
Te perturban los trinos
que nadan en el aire,
que atraviesan las ondas
sin rejas ni ataduras.
Tienes miedo a los brotes
de flores que reclaman,
entre espinas punzantes,
caricias de tus dedos.
Y otra vez vestirás
el mismo traje verde,
abrirás las compuertas
al agua que se escapa.
Entonarás un canto
de pentagramas viejos…
¡Dejarás que los sueños
crezcan en tu ventana!
Consolación González Rico
martes, 11 de febrero de 2014
TAMBIÉN LAS AVES
Hoy no hay sol en el cielo,
sólo un crespón ceniza
que te envuelve.
Los copos se diluyen,
y lamentas que nunca
llegarán a ser nieve.
Hoy no ha acudido a
tu ventana
ese pájaro fiel
con el que hablas;
también la aves,
terminan por
cansarse
de compartir
nostalgias.
Hoy, al levantar los ojos
hacia el nido vacío
que albergas
bajo el alero de la entrada,
no sientes el alivio
de otras veces:
por más que el calendario
acerque primaveras,
no siempre vuelven
las golondrinas a tu casa.
Hoy, al levantar los ojos
hacia el nido vacío
que albergas
bajo el alero de la entrada,
no sientes el alivio
de otras veces:
por más que el calendario
acerque primaveras,
no siempre vuelven
las golondrinas a tu casa.
Hoy tu sangre se
mueve
con pereza,
y tus pasos te
pesan
cuando andas.
Hoy necesitas un cielo brillante
que devuelva el color
a la esperanza.
Consolación González Rico
viernes, 17 de enero de 2014
PERSECUCIÓN EN POITIERS
Iban los cuatro camino de París y se detuvieron en
Poitiers. Aparcaron el R19, color tungsteno, muy cerca de una pequeña plaza
donde lucía en su centro una estatua de Víctor Hugo. Ése fue el único detalle
que ella, aficionada a los escritores franceses del XIX, guardó instintivamente
en su cabeza.
Luego, de la mano de sus dos retoños, deambularon por la
ciudad durante horas, sin acordarse del coche ni de Víctor Hugo.
Las sombras de la tarde comenzaron a borrar la orientación
y las calles, los niños se hallaban al borde del agotamiento, y urgía retornar
al coche tungsteno, abandonado junto al monumento del escritor.
Ella, que presumía de un francés más que aceptable, abordó
a unos cuantos transeúntes intentando localizar la plaza donde aguardaban su
regreso el escritor y el coche. ¡Nada!
—¡La Gendarmería! —gritó de pronto como si viera el cielo
abierto.
Entraron. Unas breves explicaciones bastaron para que los gendarmes
ubicaran rápidamente las coordenadas de su interés. No estaba cerca. Indicaron
a la mujer que los siguiera, descendieron al parking y la sentaron en un coche
patrulla.
Lo que sucedió después, bien podría ser una escena cinematográfica
extraída de una comedia americana:
A velocidad de vértigo, los defensores del orden se
lanzaron por las calles de la ciudad, mientras ella, en la parte trasera del
vehículo, apenas era capaz de sujetar el cuerpo ante las sacudidas de las
curvas.
Pero lo peor estaba por llegar. A mitad de camino, la
pareja hubo de ocuparse de una detención. Frenazo, gritos, carreras y esposas.
Y así, compartiendo espacio con el detenido, como una
vulgar delincuente, llegó la mujer a su estatua y a su coche.
—¡Síganos!—le ordenó el más alto sin más explicaciones.
Con el corazón encogido, voló ella al volante del
R19 por las calles de Poitiers hasta la Gendarmería.
Allí estaban los tres. Esperándola.
—¿Por qué has tardado tanto, mamá? —le preguntó la pequeña
con cara de sueño.
—¡Vámonos de aquí! Fuera os lo explico —respondió ella con
cara de pocos amigos, al tiempo que se despedía de los gendarmes con un gesto
leve de su mano derecha y un escueto merci
beaucoup.
Desde entonces no he vuelto a Poitiers, aunque tengo la intención de hacerlo. No en vano, allí viví una de las aventuras más trepidantes de mi vida.
Consolación González Rico
sábado, 11 de enero de 2014
ABRE TUS PUERTAS
No ocultes con silencios tus rincones,
que el
viento los despoje de hojas muertas,
abre ya
tus ventanas y tus puertas
aunque
la nieve en ellos amontones.
Mejor
abrir la casa a los ladrones
de
soledades y de penas ciertas,
antes
de que en tu oscuridad adviertas
que no
te quedan restos de ilusiones.
No
tengas miedo al frío del invierno
si
compartes con alguien sus rigores,
y no
olvides que el tiempo no es eterno.
Llama sin
miedo cuando a alguno añores,
que tu
voz fundirá el hielo interno
y de la escarcha brotarán
las flores.Consolación González Rico
miércoles, 1 de enero de 2014
EL TIEMPO NO PASA POR EL PUENTE
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| El Puente Romano. Primavera de 2013 |
Es
de piedra y la piedra lo sustenta. Cuando niños, oíamos decir que el puente era
obra de los romanos, pero lo que más nos atraía de este enorme saurio, era
cruzarlo cuando las aguas crecidas casi lamían nuestras botas de goma, cosa que
sucedía en las épocas de lluvias, ahora inexistentes.
La
primera vez que nos aventurábamos a desafiar el peligro, el corazón corría más
que el miedo, y volábamos al otro lado sin mirar los remolinos ruidosos, del
color del chocolate, que parecían llamarnos por nuestro nombre con insistencia.
![]() |
| Cruzando al otro lado. Primer día del año 2014 |
Hoy,
en mi habitual paseo por los alrededores del pueblo, he contemplado el puente
de piedra desde la perspectiva del tiempo. Además de los ejércitos de niños jugando
a ser mayores, han pasado por él los antiguos moradores de las casas edificadas
al otro lado del arroyo; aceituneros camino de los olivares, cuando la
corriente cubría las pasaderas; amantes en busca de mares de trigo, en las primaveras verdes de la vida.
![]() |
| Rudimentario y sólido, por él no pasa el tiempo |
Bajo
su sólida estructura, han discurrido los torrentes y la lluvia mansa; el
trabajo secular de generaciones de mujeres que golpeaban cestos de ropa contra
las piedras, de rodillas en el suelo. Se han ocultado las ranas sedientas entre
el cieno; se han desecado las ovas y se ha agrietado el limo devorado por el
sol.
Y
hoy, primer día del año, lo he sentido atemporal bajo mis pies. Sin marcas visibles a mis
ojos. Inmutable. Casi eterno. Si el tiempo es
la medida del cambio, de esos giros astrales que determinan calendarios y
nos marcan la piel y el alma, puedo asegurar que el tiempo no ha pasado nunca por el
puente de mi infancia.
Consolación González Rico
miércoles, 25 de diciembre de 2013
EL ÚLTIMO REFUGIO
Tras las últimas
correcciones, y después de golpear con fuerza el punto final en el teclado, he
experimentado una especie de nirvana liberador; esa sensación ya conocida de
placidez que suele acompañar al feliz alumbramiento de una novela.
He de decir que,
en mi caso, el proceso de gestación literaria de un nuevo libro suele durar más
de nueve meses (el doble por término medio), aunque en esta ocasión ha fluido
con la fuerza y la rapidez de un torrente.
Comencé la novela
a principios de 2013. Como ya suele ser mi costumbre, fijé los puntos de relato (lo que quería contar),
los distribuí por capítulos y me embarqué en la aventura incierta que siempre
supone el desarrollo de una trama forjada a grandes rasgos en la mente, pero
que después habrá de tomar forma y desarrollarse página a página, hasta
alcanzar la solidez que este género exige.
Esta vez la historia
me iba a requerir un viaje en el tiempo de casi doscientos años, meterme en la
piel de un hombre acabado, y reconstruir los pedazos de su vida, tan alejada de
la realidad en la que se mueve la mía, tanto desde el punto de vista temporal
como vivencial. Confieso que tal circunstancia,
en lugar de suponer una traba, me ha servido de acicate.
Y desde el
pensamiento de Federico, protagonista de la narración, he intentado reconstruir
el lenguaje y las formas de vida de una época oscura; me he adentrado en las
cuevas de la Garganta de las Lanchas, las mismas que dieran cobijo a la partida
de Blas Romo, un bandolero carlista que se refugió en los Montes de Toledo entre
los años 1834-1836, tras las primeras revueltas de Talavera de la Reina contra
las tropas isabelinas; he descubierto el oficio del carboneo, he revivido la
dureza de unas vidas marcadas por la miseria.
En El
último refugio, título
provisional y alternativo de mi octava novela, he desgranado la vida de un
hombre que se echa al monte huyendo de sí mismo sin conseguirlo. Recuerdos,
dudas, ambiciones, venganza, amores, pérdidas, muerte…
Caminará sin
rumbo, pero, en cada paso, Federico sentirá las quemaduras negras de su dura
existencia.
Consolación González Rico
miércoles, 18 de diciembre de 2013
LLORAR CON LA PALABRA
No quiero oír
palabras huecas
estos días,
ni pronunciar consignas
ni pronunciar consignas
de una felicidad
que nunca llega
de la mano de diciembre.
No quiero repetir
un deseo engañoso
que agoniza en los labios
antes de pronunciarse.
No quiero que los ruidos
me estallen en los tímpanos,
intentando acallar
el grito de ese niño
que muere
a dos mundos de distancia.
No quiero que las luces
deslumbren mis pupilas;
prefiero estar alerta
a las señas de un tiempo
que clama sin palabras.
Quiero mirar de frente
a quienes vuelven la cabeza
ante las cuchillas que cortan
el futuro.
A los que callan,
cuando en nombre de credos,
o arropados por ellos,
se asesina la inocencia.
A esos otros
que se rasgan las vestiduras,
al mirar desde fuera
las injusticias
que ellos apacentaron
con la hierba venenosa
de sus intereses,
aun estando en sus manos
el PODER de cambiarlas.
No creo en leyes
que engrosan el bienestar
de los legisladores,
mientras crecen
las colas del hambre.
No creo en normas
que sólo sirven
para hacer más profundos
los desgarros
del tejido social.
No creo en la justicia
que mide con dos varas.
No me sirve la falacia
de quienes pintan la desigualdad
con los colores
de ideologías ajenas,
cuando ellos mismos
jamás la remediaron.
No quiero escuchar
a los predicadores de pobreza
que nos venden la paz
envuelta en oropeles,
disfrazada con signos
que nada significan,
mientras guardan celosos
entre rejas de hierro,
sus arcas repletas de oro.
sus arcas repletas de oro.
No quiero que las mujeres
pierdan la vida
subiendo a los tranvías,
ni la dignidad en agujeros
de inmundicia,
donde los verdugos
doblegan sus cuerpos
y cercenan su libertad.
No quiero
que los ojos de los niños
se espanten con imágenes de muerte
se espanten con imágenes de muerte
en las guerras ocultas de sus casas.
Ni que sus manos aprendan
a segar vidas con fusiles
en campos de batalla.
Y porque no lo quiero,
en este año que se acaba,
antes de que el tiempo
me endurezca el sentir,
o me convierta en ciega,
sorda y muda,
necesito llorar con la palabra.
Consolación González Rico
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