martes, 11 de febrero de 2014

TAMBIÉN LAS AVES



Hoy no hay sol en el cielo,
sólo un crespón ceniza
que te envuelve.
Los copos se diluyen,
y lamentas que nunca
llegarán a ser nieve.

Hoy no ha acudido a tu ventana
ese pájaro fiel
con el que hablas;
también la aves,
terminan por cansarse
de compartir nostalgias.

Hoy, al levantar los ojos
hacia el nido vacío
que albergas
bajo el alero de la entrada,
no sientes el alivio
de otras veces:
por más que el calendario
acerque primaveras,
no siempre vuelven
las golondrinas a tu casa.

Hoy tu sangre se mueve
con pereza,
y tus pasos te pesan
cuando andas.

Hoy necesitas un cielo brillante
que devuelva el color
a la esperanza.



      Consolación González Rico

viernes, 17 de enero de 2014

PERSECUCIÓN EN POITIERS


Iban los cuatro camino de París y se detuvieron en Poitiers. Aparcaron el R19, color tungsteno, muy cerca de una pequeña plaza donde lucía en su centro una estatua de Víctor Hugo. Ése fue el único detalle que ella, aficionada a los escritores franceses del XIX, guardó instintivamente en su cabeza.
Luego, de la mano de sus dos retoños, deambularon por la ciudad durante horas, sin acordarse del coche ni de Víctor Hugo.

Las sombras de la tarde comenzaron a borrar la orientación y las calles, los niños se hallaban al borde del agotamiento, y urgía retornar al coche tungsteno, abandonado junto al monumento del escritor.
Ella, que presumía de un francés más que aceptable, abordó a unos cuantos transeúntes intentando localizar la plaza donde aguardaban su regreso el escritor y el coche. ¡Nada!
—¡La Gendarmería! —gritó de pronto como si viera el cielo abierto.
Entraron. Unas breves explicaciones bastaron para que los gendarmes ubicaran rápidamente las coordenadas de su interés. No estaba cerca. Indicaron a la mujer que los siguiera, descendieron al parking y la sentaron en un coche patrulla.

Lo que sucedió después, bien podría ser una escena cinematográfica extraída de una comedia americana:
A velocidad de vértigo, los defensores del orden se lanzaron por las calles de la ciudad, mientras ella, en la parte trasera del vehículo, apenas era capaz de sujetar el cuerpo ante las sacudidas de las curvas.

Pero lo peor estaba por llegar. A mitad de camino, la pareja hubo de ocuparse de una detención. Frenazo, gritos, carreras y esposas.
Y así, compartiendo espacio con el detenido, como una vulgar delincuente, llegó la mujer a su estatua y a su coche.
—¡Síganos!—le ordenó el más alto sin más explicaciones.
Con el corazón encogido, voló ella al volante del R19 por las calles de Poitiers hasta la Gendarmería.

Allí estaban los tres. Esperándola.
—¿Por qué has tardado tanto, mamá? —le preguntó la pequeña con cara de sueño.
—¡Vámonos de aquí! Fuera os lo explico —respondió ella con cara de pocos amigos, al tiempo que se despedía de los gendarmes con un gesto leve de su mano derecha y un escueto merci beaucoup.

Desde entonces no he vuelto a Poitiers, aunque tengo la intención de hacerlo. No en vano, allí viví una de las aventuras más trepidantes de mi vida.

                                                      Consolación González Rico
                                                       

sábado, 11 de enero de 2014

ABRE TUS PUERTAS




No ocultes con silencios tus rincones,
que el viento los despoje de hojas muertas,
abre ya tus ventanas y tus puertas
aunque la nieve en ellos amontones.

Mejor abrir la casa a los ladrones
de soledades y de penas ciertas,
antes de que en tu oscuridad adviertas
que no te quedan restos de ilusiones.

No tengas miedo al frío del invierno
si compartes con alguien sus rigores,
y no olvides que el tiempo no es eterno.

Llama sin miedo cuando a alguno añores,
que tu voz fundirá el hielo interno
y de la escarcha brotarán las flores.

               Consolación González Rico

miércoles, 1 de enero de 2014

EL TIEMPO NO PASA POR EL PUENTE


El Puente Romano. Primavera de 2013
Es de piedra y la piedra lo sustenta. Cuando niños, oíamos decir que el puente era obra de los romanos, pero lo que más nos atraía de este enorme saurio, era cruzarlo cuando las aguas crecidas casi lamían nuestras botas de goma, cosa que sucedía en las épocas de lluvias, ahora inexistentes.

La primera vez que nos aventurábamos a desafiar el peligro, el corazón corría más que el miedo, y volábamos al otro lado sin mirar los remolinos ruidosos, del color del chocolate, que parecían llamarnos por nuestro nombre con insistencia.
Cruzando al otro lado. Primer día del año 2014
Hoy, en mi habitual paseo por los alrededores del pueblo, he contemplado el puente de piedra desde la perspectiva del tiempo. Además de los ejércitos de niños jugando a ser mayores, han pasado por él los antiguos moradores de las casas edificadas al otro lado del arroyo; aceituneros camino de los olivares, cuando la corriente cubría las pasaderas; amantes en busca de mares de trigo, en las primaveras verdes de la vida.
Rudimentario y sólido, por él no pasa el tiempo
Bajo su sólida estructura, han discurrido los torrentes y la lluvia mansa; el trabajo secular de generaciones de mujeres que golpeaban cestos de ropa contra las piedras, de rodillas en el suelo. Se han ocultado las ranas sedientas entre el cieno; se han desecado las ovas y se ha agrietado el limo devorado por el sol.

Y hoy, primer día del año, lo he sentido atemporal bajo mis pies. Sin marcas visibles a mis ojos. Inmutable. Casi eterno. Si el tiempo es la medida del cambio, de esos giros astrales que determinan calendarios y nos marcan la piel y el alma, puedo asegurar que el tiempo no ha pasado nunca por el puente de mi infancia.  
                                       
                                               Consolación González Rico

miércoles, 25 de diciembre de 2013

EL ÚLTIMO REFUGIO


Tras las últimas correcciones, y después de golpear con fuerza el punto final en el teclado, he experimentado una especie de nirvana liberador; esa sensación ya conocida de placidez que suele acompañar al feliz alumbramiento de una novela.

He de decir que, en mi caso, el proceso de gestación literaria de un nuevo libro suele durar más de nueve meses (el doble por término medio), aunque en esta ocasión ha fluido con la fuerza y la rapidez de un torrente.

Comencé la novela a principios de 2013. Como ya suele ser mi costumbre, fijé los puntos de relato (lo que quería contar), los distribuí por capítulos y me embarqué en la aventura incierta que siempre supone el desarrollo de una trama forjada a grandes rasgos en la mente, pero que después habrá de tomar forma y desarrollarse página a página, hasta alcanzar la solidez que este género exige.

Esta vez la historia me iba a requerir un viaje en el tiempo de casi doscientos años, meterme en la piel de un hombre acabado, y reconstruir los pedazos de su vida, tan alejada de la realidad en la que se mueve la mía, tanto desde el punto de vista temporal como vivencial.  Confieso que tal circunstancia, en lugar de suponer una traba, me ha servido de acicate.

Y desde el pensamiento de Federico, protagonista de la narración, he intentado reconstruir el lenguaje y las formas de vida de una época oscura; me he adentrado en las cuevas de la Garganta de las Lanchas, las mismas que dieran cobijo a la partida de Blas Romo, un bandolero carlista que se refugió en los Montes de Toledo entre los años 1834-1836, tras las primeras revueltas de Talavera de la Reina contra las tropas isabelinas; he descubierto el oficio del carboneo, he revivido la dureza de unas vidas marcadas por la miseria.


En El último refugio, título provisional y alternativo de mi octava novela, he desgranado la vida de un hombre que se echa al monte huyendo de sí mismo sin conseguirlo. Recuerdos, dudas, ambiciones, venganza, amores, pérdidas, muerte…
Caminará sin rumbo, pero, en cada paso, Federico sentirá las quemaduras negras de su dura existencia.
                                                             
                                                                       Consolación González Rico
                                                                                                          

                                                                         

miércoles, 18 de diciembre de 2013

LLORAR CON LA PALABRA




No quiero oír
palabras huecas
estos días,
ni pronunciar consignas
de una felicidad
que nunca llega
de la mano de diciembre.

No quiero repetir
un deseo engañoso
que agoniza en los labios
antes de pronunciarse.

No quiero que los ruidos
me estallen en los tímpanos,
intentando acallar
el grito de ese niño
que muere
a dos mundos de distancia.

No quiero que las luces
deslumbren mis pupilas;
prefiero estar alerta
a las señas de un tiempo
que clama sin palabras.

Quiero mirar de frente
a quienes vuelven la cabeza
ante las cuchillas que cortan
el futuro.
A los que callan,
cuando en nombre de credos,
o arropados por ellos,
se asesina la inocencia.
                                            
A esos otros
que se rasgan las vestiduras,
al mirar desde fuera
las injusticias
que ellos apacentaron
con la hierba venenosa
de sus intereses,
aun estando en sus manos
el PODER de cambiarlas.
  
No creo en leyes
que engrosan el bienestar
de los legisladores,
mientras crecen
las colas del hambre.

No creo en normas
que sólo sirven
para hacer más profundos
los desgarros
del tejido social.

No creo en la justicia
que mide con dos varas.
No me sirve la falacia
de quienes pintan la desigualdad
con los colores
de ideologías ajenas,
cuando ellos mismos
jamás la remediaron.

No quiero escuchar
a los predicadores de pobreza
que nos venden la paz
envuelta en oropeles,
disfrazada con signos
que nada significan,
mientras guardan celosos
entre rejas de hierro,
sus arcas repletas de oro.

No quiero que las mujeres
pierdan la vida
subiendo a los tranvías,
ni la dignidad en agujeros
de inmundicia,
donde los verdugos
doblegan sus cuerpos
y cercenan su libertad.

No quiero
que los ojos de los niños
se espanten con imágenes de muerte
en las guerras ocultas de sus casas.
Ni que sus manos aprendan
a segar vidas con fusiles
en campos de batalla.

Y porque no lo quiero,
en este año que se acaba,
antes de que el tiempo
me endurezca el sentir,
o me convierta en ciega,
sorda y muda,
necesito llorar con la palabra.
                                                                                      
           Consolación González Rico

sábado, 2 de noviembre de 2013

IMPOSIBLE



Ese afán de trascendencia, inherente a la condición humana, siempre nos ha conducido a la no aceptación del no ser. La muerte, el vacío que la acompaña, el recuerdo de los que amamos y nos amaron, están presentes en cualquiera de las manifestaciones del arte, ya sea  en un lienzo, un pentagrama o una página escrita al dictado de la memoria, emborronada a veces por esa lágrima que duele.

Y los personajes literarios, como no podría ser de otro modo, interpretan la muerte, la piensan y la sufren, se debaten entre el dolor de la pérdida y la exigencia imperiosa de la vida, que sigue su curso sin aquéllos que ya no son.

Dejo aquí dos fragmentos extraídos de mis novelas que en un día como hoy podrían prestarse a la reflexión.

El primero recoge la nostalgia de Andrea Morales, personaje central de Esclavos de un motivo, al evocar a la madre que le arrancó la muerte en sus años infantiles:

Mi madre, y la suavidad de sus manos. Su voz de poesía y de cuentos en las oscuras y lluviosas noches de invierno, cuando el viento del norte traqueteaba la ventana de mi habitación para llevarse el sueño. Mi madre, y el sabor amargo del piramidón, que siempre traía en aquella pequeña copa, con un racimo de uvas tallado en el cristal azul, acompañado del familiar tintineo de la cucharilla cuando la fiebre poblaba mi almohada de fuego y delirios. Mi madre, y la caricia de su abrigo de mutón en aquellos domingos de diciembre, cuando me pegaba a ella en los bancos de la iglesia y, con mis dedos pequeños y helados, dibujaba círculos de seda sobre la piel marrón de aquel abrigo tan bonito que mi padre le había regalado por su cumpleaños.
Hasta que un atardecer de otoño me llevaron a casa de la abuela Julia. «No te preocupes, Andrea, pronto estarán aquí. Se han tenido que ir a Madrid porque allí hay muy buenos médicos —decía mi abuela con los ojos brillantes—. Duérmete tranquila». Pero yo no podía dormirme tranquila. A mis diez años presentía que algo muy grave estaba ocurriendo.
Todo el pueblo pasó aquella noche por la casa de la abuela Julia. Dos días más tarde mi madre volvió, y a mí me vistieron de gris para acompañarla en su último viaje. 

Y el segundo, expresa el lamento de Crisanta, protagonista de Una mujer de la Oretana, ante el cuerpo inerte de su hija:
                         
¡Ojalá que tus ojos pudieran mirarme, aunque me dijeran que había errado! Y tu memoria reviviera por unos instantes, para que tu boca tranquilizara mi conciencia. O lo contrario, que yo lo estaría lamentando hasta el fin de mis días. Pero la muerte te ha arrancado de la boca las palabras, y de los ojos la luz, y de la cabeza el entendimiento. Y esta vieja, que siempre te ha querido más que a la niña de sus ojos, no acierta a entender por qué ha aguardado hasta hoy, siendo que la muerte es el único momento de la vida que lo convierte todo en imposible. 
                        
Y este último pensamiento, el que cierra las sabias cavilaciones de Crisanta acerca de la muerte, hoy me resulta inquietante. 

Sí, es lamentablemente cierto; la muerte lo convierte todo en imposible. Imposibles las palabras no dichas, las caricias robadas por el egoísmo, las miradas arrebatadas a la ternura; la mano tendida hacia la voz que clama. 
Imposible el amor, la solidaridad, el respeto, la paz…  

Imposible la vida que no supimos vivir.     
                                     
                                                                            Consolación González Rico
                                            


martes, 3 de septiembre de 2013

HIELOS "La Confianza"


Caminaba yo por la acera esta mañana cuando, a la puerta de una pequeña tienda de barrio, mis ojos tropezaron con un modesto cartel: Hielos “La confianza”.  No sería original el mensaje, pero sí oportuno. Cargado de sentido en una sociedad como la nuestra, donde la confianza se ha volatilizado y vaga en la nebulosa de los valores perdidos.

Es triste, pero cada vez somos más los ciudadanos que hemos perdido la confianza, hartos de asistir inermes a nuevos casos de corrupción; a la venta de ideologías políticas en aras del poder, a los desaciertos de instituciones medievales que sobreviven a costa del erario público; a leyes que miden el delito con criterios inversamente proporcionales a la salud de la cuenta bancaria del infractor. 
  
Si necesitamos confianza para comprar unos cubitos de hielo, ¿cómo no vamos a necesitarla a la hora de elegir a unos representantes  que antepongan  los valores de justicia social y equidad a sus propios intereses? Si nos han demostrado reiteradamente su incapacidad o su apatía, ¿quién nos asegura que en esta ocasión no van a hacer lo mismo?

Los ciudadanos queremos que se remuevan los cimientos en la clase política; que la honradez  y el buen hacer sustituyan al engaño y a la mediocridad;  la acción, a la desidia, los compromisos sociales, al contubernio con la banca.  Porque si esto no sucede, cada vez seremos más los que nos bajemos de aquellos trenes que no conducen a ninguna parte.

Y lo peor es que, con la confianza perdida, ni compraremos hielo ni jugaremos a la democracia. 
                                                                                       Consolación González Rico