jueves, 24 de abril de 2014

JARDINES DE NOSTALGIA


Torrecilla de la Jara, primavera de 2014

Al contemplar el campo
y sus colores,
que gritan primaveras
en silencio,
siento en mi piel la huella
de otros días,
añorados y hundidos 
en los surcos del tiempo.

Y el eco solitario
de mis pasos
evoca sensaciones
que se fueron:
la mano firme y tierna
de mi padre,
el croar verdinoso
en la acequia del huerto,
las golondrinas libres,
elegantes y raudas,
dibujando espirales
con tiralíneas negros;
sin posarse en la tierra,
casi rozando los confines
del cielo.

Las tardes persiguiendo mariposas,
diminutas palomas
de caprichoso vuelo,
entre los mil colores
de una alfombra
urdida de hilos verdes
y de pétalos.

El reclamo
de las rojas amapolas,
bellas y efímeras,
prisioneras fugaces
de mis dedos.
Y el desencanto
al presentir su muerte, 
mientras acariciaba
su negro corazón
de filamentos.

Primaveras de infancia,
¡jardines del recuerdo!

                      Consolación González Rico

lunes, 14 de abril de 2014

REPÚBLICA Y COEDUCACIÓN


       “La maestra se colocó en una esquina del encerado. En el centro, había escrito en mayúsculas una palabra cuyos trazos blancos destacaban sobre el rectángulo negro que se pegaba a la pared, y con el puntero rodeó la palabra varias veces antes de pronunciarla: COEDUCACIÓN.
Después de repetirla despacio, deletreando cada sílaba, los invitó a que la corearan con ella, y el aula se llenó con los ecos de una voz cuyo significado desconocían.
—¿Alguno de vosotros sabe lo que quiere decir la palabra coeducación?
Unos se encogieron de hombros, otros negaron con la cabeza, y hubo quien respondió con un no displicente o curioso, que entre la cuarentena de discípulos que llenaban el aula, podían encontrarse actitudes de lo más dispares. La más chocante fue la de Manuela, la compañera de pupitre de Ricardo. Un redrojo que no le llegaría a la barbilla, flaca y pizpireta. Desde que los sentaran en el mismo pupitre, ella no había parado de mirarle. Cual si en su cara tuviera escrito el muchacho cuanto en la escuela pudiera en ese día aprender. Y lo hacía con desparpajo, como si el hecho inusual de compartir el mismo banco fuera lo más natural del mundo.
Ni corta ni perezosa, alzó la mano y habló:
—¿Puedo decir una cosa, señorita Aurora?—le espetó Manuela a la maestra adelantándose a la explicación.
—Claro que puedes. Adelante—respondió ésta encaminándose hacia el pupitre, mientras Ricardo volvía a sentir por segunda vez un arrebato de calor en las orejas.
—¿Nos vamos a quedar siempre en esta escuela? Es que a mí me gusta más que estemos así... todos juntos—dijo la niña poniéndose en pie.
Si las miradas hubiesen tenido el don de derretir cuerpos y borrar palabras, muchos de los recientes compañeros de Manuela habrían hecho desaparecer a la chiquilla y al eco de su voz de pito, que por unos instantes, los mismos que se tomó la maestra para responder, siguió sobrevolando sobre sus cabezas.
—Así me gusta —dijo doña Aurora, al tiempo que le atusaba la raya y el nacimiento del flequillo, rubio como la paja—. ¿Cómo te llamas?
—Manuela González Molina, para servir a Dios y a usted.
—Puedes sentarte —añadió la maestra.
Y enseguida, tomando como punto de partida la pregunta de la niña, comenzó a explicarles lo que había detrás de aquella palabra tan rara que les llamaba la atención desde el encerado, y con la que ninguno se había topado antes; ni escrita en el catón, ni en boca de los maestros, ni en su casa ni en la calle.
—Sabéis que desde hace unos meses han cambiado muchas cosas en España. El rey ya no está, y tenemos un presidente de gobierno… don Manuel Azaña—instintivamente todas las miradas gatearon por la pared del aula hasta el retrato del hombre con gafas redondas que ahora ocupaba el lugar del rey—. Sí, ahí lo tenéis—dijo señalando el retrato—. Desde el 14 de abril, más de medio año ya, España es una República y Azaña su presidente. Todos tenemos la misma ley y los mismos derechos. Todas las personas somos iguales, sin diferencias entre ricos y pobres, hombres o mujeres, niños o niñas. Y por eso, porque sois iguales, desde hoy vais a aprender juntos. Vais a jugar juntos. Os vais a educar juntos.
Unos la escuchaban con atención, otros bostezaban, alguno se rebullía en el banco de madera, y todos eran demasiado pequeños para comprender lo que la señorita Aurora se esforzaba en explicar”.

 (Fragmento de mi novela en construcción “El sueño del retorno”, secuela de “Una mujer de la Oretana”).



                                                          Consolación González Rico

jueves, 27 de marzo de 2014

LA OTRA MUERTE


Mueres cuando detienes
tus pasos
y encarcelas palabras,
cuando doblegas
la rodilla a la vida,
cuando dejas que los sueños 
se escapen
del cuenco de tus manos,
como se escapa el agua.
Cuando el miedo
paraliza tus brazos
y ahoga las caricias
tanto tiempo guardadas.

Mueres cuando el silencio
y la fatiga
te vacían por dentro,
y el hueco de la ausencia
te llena las entrañas.
Cuando las huellas
de quien tanto amaste
se borran de tu piel
con la lluvia heladora
de la desesperanza.

Mueres cuando el dolor
se hace costumbre,
y de tanto dolerte
ya no duele.
Cuando la soledad
arranca de tu carne
esa espina dorada
que te sangraba dentro,
y ya no sientes nada…

Y una noche cualquiera,
hasta tu almohada blanca,
una lágrima fría,
la última tal vez,
se vierte por tu cara.


Consolación González Rico

viernes, 21 de marzo de 2014

SUEÑOS EN LA VENTANA


Un batir de alas negras
sobrevuela silencios,
las palabras se empujan
entre labios heridos,
tiembla el invierno seco
en los pliegues del alma,
vuelve la primavera
a tu cuerpo cansado.

Te perturban los trinos
que nadan en el aire,
que atraviesan las ondas
sin rejas ni ataduras.
Tienes miedo a los brotes
de flores que reclaman,
entre espinas punzantes,
caricias de tus dedos.

Y otra vez vestirás
el mismo traje verde,
abrirás las compuertas
al agua que se escapa.
Entonarás un canto
de pentagramas viejos…
¡Dejarás que los sueños
crezcan en tu ventana!

            Consolación González Rico


martes, 11 de febrero de 2014

TAMBIÉN LAS AVES



Hoy no hay sol en el cielo,
sólo un crespón ceniza
que te envuelve.
Los copos se diluyen,
y lamentas que nunca
llegarán a ser nieve.

Hoy no ha acudido a tu ventana
ese pájaro fiel
con el que hablas;
también la aves,
terminan por cansarse
de compartir nostalgias.

Hoy, al levantar los ojos
hacia el nido vacío
que albergas
bajo el alero de la entrada,
no sientes el alivio
de otras veces:
por más que el calendario
acerque primaveras,
no siempre vuelven
las golondrinas a tu casa.

Hoy tu sangre se mueve
con pereza,
y tus pasos te pesan
cuando andas.

Hoy necesitas un cielo brillante
que devuelva el color
a la esperanza.



      Consolación González Rico

viernes, 17 de enero de 2014

PERSECUCIÓN EN POITIERS


Iban los cuatro camino de París y se detuvieron en Poitiers. Aparcaron el R19, color tungsteno, muy cerca de una pequeña plaza donde lucía en su centro una estatua de Víctor Hugo. Ése fue el único detalle que ella, aficionada a los escritores franceses del XIX, guardó instintivamente en su cabeza.
Luego, de la mano de sus dos retoños, deambularon por la ciudad durante horas, sin acordarse del coche ni de Víctor Hugo.

Las sombras de la tarde comenzaron a borrar la orientación y las calles, los niños se hallaban al borde del agotamiento, y urgía retornar al coche tungsteno, abandonado junto al monumento del escritor.
Ella, que presumía de un francés más que aceptable, abordó a unos cuantos transeúntes intentando localizar la plaza donde aguardaban su regreso el escritor y el coche. ¡Nada!
—¡La Gendarmería! —gritó de pronto como si viera el cielo abierto.
Entraron. Unas breves explicaciones bastaron para que los gendarmes ubicaran rápidamente las coordenadas de su interés. No estaba cerca. Indicaron a la mujer que los siguiera, descendieron al parking y la sentaron en un coche patrulla.

Lo que sucedió después, bien podría ser una escena cinematográfica extraída de una comedia americana:
A velocidad de vértigo, los defensores del orden se lanzaron por las calles de la ciudad, mientras ella, en la parte trasera del vehículo, apenas era capaz de sujetar el cuerpo ante las sacudidas de las curvas.

Pero lo peor estaba por llegar. A mitad de camino, la pareja hubo de ocuparse de una detención. Frenazo, gritos, carreras y esposas.
Y así, compartiendo espacio con el detenido, como una vulgar delincuente, llegó la mujer a su estatua y a su coche.
—¡Síganos!—le ordenó el más alto sin más explicaciones.
Con el corazón encogido, voló ella al volante del R19 por las calles de Poitiers hasta la Gendarmería.

Allí estaban los tres. Esperándola.
—¿Por qué has tardado tanto, mamá? —le preguntó la pequeña con cara de sueño.
—¡Vámonos de aquí! Fuera os lo explico —respondió ella con cara de pocos amigos, al tiempo que se despedía de los gendarmes con un gesto leve de su mano derecha y un escueto merci beaucoup.

Desde entonces no he vuelto a Poitiers, aunque tengo la intención de hacerlo. No en vano, allí viví una de las aventuras más trepidantes de mi vida.

                                                      Consolación González Rico
                                                       

sábado, 11 de enero de 2014

ABRE TUS PUERTAS




No ocultes con silencios tus rincones,
que el viento los despoje de hojas muertas,
abre ya tus ventanas y tus puertas
aunque la nieve en ellos amontones.

Mejor abrir la casa a los ladrones
de soledades y de penas ciertas,
antes de que en tu oscuridad adviertas
que no te quedan restos de ilusiones.

No tengas miedo al frío del invierno
si compartes con alguien sus rigores,
y no olvides que el tiempo no es eterno.

Llama sin miedo cuando a alguno añores,
que tu voz fundirá el hielo interno
y de la escarcha brotarán las flores.

               Consolación González Rico

miércoles, 1 de enero de 2014

EL TIEMPO NO PASA POR EL PUENTE


El Puente Romano. Primavera de 2013
Es de piedra y la piedra lo sustenta. Cuando niños, oíamos decir que el puente era obra de los romanos, pero lo que más nos atraía de este enorme saurio, era cruzarlo cuando las aguas crecidas casi lamían nuestras botas de goma, cosa que sucedía en las épocas de lluvias, ahora inexistentes.

La primera vez que nos aventurábamos a desafiar el peligro, el corazón corría más que el miedo, y volábamos al otro lado sin mirar los remolinos ruidosos, del color del chocolate, que parecían llamarnos por nuestro nombre con insistencia.
Cruzando al otro lado. Primer día del año 2014
Hoy, en mi habitual paseo por los alrededores del pueblo, he contemplado el puente de piedra desde la perspectiva del tiempo. Además de los ejércitos de niños jugando a ser mayores, han pasado por él los antiguos moradores de las casas edificadas al otro lado del arroyo; aceituneros camino de los olivares, cuando la corriente cubría las pasaderas; amantes en busca de mares de trigo, en las primaveras verdes de la vida.
Rudimentario y sólido, por él no pasa el tiempo
Bajo su sólida estructura, han discurrido los torrentes y la lluvia mansa; el trabajo secular de generaciones de mujeres que golpeaban cestos de ropa contra las piedras, de rodillas en el suelo. Se han ocultado las ranas sedientas entre el cieno; se han desecado las ovas y se ha agrietado el limo devorado por el sol.

Y hoy, primer día del año, lo he sentido atemporal bajo mis pies. Sin marcas visibles a mis ojos. Inmutable. Casi eterno. Si el tiempo es la medida del cambio, de esos giros astrales que determinan calendarios y nos marcan la piel y el alma, puedo asegurar que el tiempo no ha pasado nunca por el puente de mi infancia.  
                                       
                                               Consolación González Rico