sábado, 23 de abril de 2016

DÍA DEL LIBRO


   

Fue la Asociación de Vecinos "El Tajo", en el barrio de Santa María de Benquerencia de Toledo, quien hizo la llamada. El motivo, la celebración del Día del Libro en la Biblioteca Pública. El tema, "Amores literarios". 
Y entre las lecturas de textos de Platón, Cervantes, Shakespeare, Salinas, Neruda, Goethe o Rosalía de Castro, por citar ilustres ejemplos de cuantos allí se dieron cita, tuve la suerte de dar voz a Crisanta, protagonista de mi novela "Una mujer de la Oretana", quien relataba de este modo su noche de bodas, allá por el año de 1886:


         “Mira que me habían contado embustes sobre las cosas que me iban a pasar por la noche, cuando me quedara sola con Cayetano. Y claro, con diecisiete años, me lo creí todo a pie juntillas, qué remedio. La retahíla de consejos de mi tía Alberta, que tampoco me faltaron en ocasión tan señalada; la cara de mi madre, que estaba delante con la lengua muda, sin atreverse a mirarme de frente, como si se avecinara una desgracia, y los cuchicheos al oído de las mozas casaderas en el banquete me llevaron a creer que el momento en que un hombre te convertía en su mujer era un mal trago que había que apurar sin respirar siquiera, como el aceite de ricino en las indigestiones o la quinina cuando tenías el paludismo. Lo mismo que otros tragos amargos en la vida. ¿No tenían las mujeres que sufrir lo suyo para parir un hijo? Pues aquello, aunque doliera, seguro que no tenía ni punto de comparación. Y como los malos tragos había que pasarlos pronto, yo me aplicaba con empeño, delante del lavabo, en desbaratar aquellas trenzas que nunca se acababan. La luz del quinqué detrás de mi cabeza, Cayetano detrás de la luz del quinqué, y a lo último las sombras, que danzaban en el espejo al compás de su brazo, como si me hicieran burla por mi azoramiento. Me cogió por la cintura y yo sentí un escalofrío. Después me llevó hasta la cama y puso el quinqué en la mesilla. Se sentó sobre la colcha blanca de flecos, me hizo un hueco entre sus piernas, me apartó el pelo, y empezó a desabrocharme los botones del vestido despacio, con mucha finura, como si tuviera toda la noche para hacerlo. Cuando sus dedos me rozaban la espalda, me entraba un calor por todo el cuerpo y me subía un sonrojo por la cara, igualito que si me estuviera acercando las ascuas de la lumbre. El vestido cayó al suelo, y sus manos se enredaron entre las cintas de seda y las puntillas, cada vez más cerca de la piel. El corsé, y el justillo, y el resto de la ropa se amontonaron sobre la alfombra. Entonces sí que sus manos me palparon entera.
—Apaga el quinqué, Cayetano.
—Ya eres mi mujer. Quiero ver tu cuerpo.
—Me da mucha vergüenza que me veas casi en cueros —le decía yo cubriéndome el vientre con las manos.
—Acuérdate de lo que ha dicho el cura. Desde que nos echó las bendiciones es como si los dos fuéramos uno solo.
Me llamaron la atención las centellas que salían de sus ojos y sentí que se avecinaba la tormenta.
—Tengo frío.
Abrió la cama y me alzó en sus brazos. Me metió dentro con el mismo tiento que si estuviera colocando a la Virgen en las andas. La calma duró un instante. Cuando quise darme cuenta, su cuerpo se pegaba al mío y me tentaba por el pecho, por las piernas, por el vientre y su boca subía y bajaba por los cerros y los surcos de mi piel…. Sus manos de artista parecía que me moldeaban a la medida de sus deseos, y yo cerré los ojos y le dejé hacer. No me daba vergüenza, ni tampoco miedo. Quizá fuera porque estábamos a oscuras, o porque sabía que era mi obligación cumplir con mi marido como Dios mandaba. Aquello, por buscar una comparanza, era lo mismo que se hacía con la tierra antes de la sementera; había que calar hondo con la reja del arado para hacer sitio a la semilla. Así era la naturaleza. Si la tierra no se quejaba, no iba a quejarme yo. Después llovió sobre mi cuerpo, entre suspiros de gozo y resuellos, y me arrebujé contra mi marido, pero volvió a llover, porque las nubes  estaban chocando dentro de los dos, como en las tormentas de verano. Fue mil veces más hermoso de lo que me había forjado en la imaginación. Aquella noche supe que mi marido no sólo tenía las manos de gloria cuando trabajaba la piedra”.

  Consolación González Rico

(De mi novela “Una mujer de la Oretana”, Premio Alfonso VIII de la Diputación de Cuenca)

domingo, 17 de abril de 2016

UN LATIDO...


Un poema tal vez sea un latido,
un grito que se escapa del alma,
la huella de un instante,
la imagen de una emoción.

Consolación González Rico


jueves, 31 de marzo de 2016

UNA TARDE CUALQUIERA



Cae la ausencia
como lluvia silente,
sus gotas se desprenden
muy despacio,
sin apenas sentirse en la piel.
Diluye lentamente
el color de los sueños,
las huellas de los besos,
el sabor a uvas negras
de sus ojos de ayer…

Detrás de la ventana,
los cristales te ofrecen
los grises de la tarde,
la hierba se oscurece,
y se apagan de pronto
las flores amarillas.
Miras al cielo en sombras,
y sientes en el pecho
que estalla la tormenta,
y las nubes acuden a tu rostro,
y tus manos, vacías de sus manos,
se convierten 
en diques de tus lágrimas.

Consolación González Rico


martes, 22 de diciembre de 2015

CANCIÓN DE INVIERNO


                                                          Consolación González Rico

miércoles, 25 de noviembre de 2015

25-N: UN AMIGO TE ESPERA



Cincuenta euros es todo tu capital y te ofrecen dos mil; no puedes despreciar la ocasión. El maquillaje y el peinado corren por cuenta de la cadena televisiva. Eso sí, indispensable por razones de imagen un escote generoso y una falda que permita a los telespectadores alegrar la vista. Es un principio estético del programa. Dudas un momento, pero recuerdas tu único billete y aceptas. Va a ser tu primera experiencia en un plató de TV. “Alguien muy especial desea encontrarse contigo”, dice la voz al otro lado del móvil. Piensas en Irina; la compañera con la que compartiste habitación y ausencias, y esa náusea crónica que os crecía en el estómago cuando, terminado el “trabajo”, cerrabais la puerta del pequeño cuarto y os quedabais solas. Quieres saber, pero la voz, escueta, corta la llamada con el título del programa: “Un amigo te espera”.

Ha llegado el día. Los nervios te aceleran el pulso mientras la chica que se encarga del peinado mueve el secador y el cepillo. Luego extiende el maquillaje por tu cara, pinta exageradamente tus ojos, y con el lápiz de labios desborda las líneas trazadas por la naturaleza. No te gusta y se lo dices. Te explica que hay que destacar el dibujo de los rasgos; los focos roban los colores. Te miras en el espejo y no te reconoces.
Una ovación larga acompañada de silbidos insolentes acoge tu entrada en escena. Tomas asiento en el centro de un sofá blanco que destaca sobre el azulón brillante del decorado. Con tu vestido rojo y tu escote. Insinuándote sin pretenderlo desde la atrevida careta del maquillaje.
“Hoy abrimos la temporada y el programa con una invitada de lujo; no hay más que verla”. Silbidos y aplausos. “Se llama Martina Nóvikov.  Bienvenida a “Un amigo te espera”. Das las gracias. Te llueven preguntas a las que respondes aturdida, al tiempo que buscas la elasticidad inexistente de tu vestido rojo que con impertinencia asciende hasta límites no deseados. “A ver si adivinas quién espera detrás del biombo para darte un abrazo”.
—Bueno… yo digo lo que es mi deseo. Me gustará que sea Irina.
Él irrumpe en el plató como el guerrero en el campo de batalla. No puedes evitar un mazazo en la sangre, ni unos brazos ásperos que te arrancan del asiento y rodean tu cuerpo, hasta fundirte en aquel olor ácido a alcohol y a sexo que no has logrado olvidar.
—Estás impresionante, Martina. Seguro que te acuerdas de los viejos tiempos… 
Una arcada de ansiedad asciende desde el estómago a tu garganta. Habla y habla. “La conocí en San Petersburgo. Le ofrecí trabajo y se vino conmigo, ¿verdad Martina?”
Sientes vergüenza y quieres taparte los oídos, pero las manos te pesan tanto como los recuerdos. “Trabajamos juntos en un bar de copas que yo tenía por aquel entonces...”
El miserable que sonríe a tu lado, con la promesa de un empleo te quemó la primera juventud. Mil días y mil noches de sexo sin rostro al que sobrevivías con los ojos y los dientes apretados.
Sientes el sudor de su mano, viscosa como la piel de un sapo, que va y viene desde tu rodilla al borde del vestido rojo.
—Te has quedado sin palabras, Martina —te dice el conductor del programa sonriendo con aplomo, mientras tus ojos dejan escapar hilos de rabia que se descuelgan por tu cara.
Una vez más has caído en las redes de tu viejo carcelero. Ahora lo entiendes todo. La invitación, el dinero, el atuendo, el maquillaje, no eran más que una trampa siniestra para golpear tu dignidad.
                                                              

 Consolación González Rico 

domingo, 4 de octubre de 2015

BALADA DE OTOÑO



Hay días de silencio,
de pájaros sin trinos y sin vuelos.
De nubes oscuras
que atraviesan estériles
los campos abrasados por la sed.

Días en que se disfraza la esperanza
con crespones negros,
y la risa se hiela en el espejo.
Días sin labios y sin piel,
sin flores blancas en el jarrón que espera,
en la mesa de roble,
la llegada de ese tren que pasó…

Días sin luz, sin música, sin tiempo,
sin notas de piano
en las cuerdas del alma.
Días que amontonan sus horas
en el hueco del pecho
y cuesta respirar.

Consolación González Rico

viernes, 4 de septiembre de 2015

HAZME UN HUECO EN TU SUEÑO



                   Búscame cuando el alba
            preludie el nuevo día.
            Llama a mi puerta
            con tu voz de seda,
            desata el nudo de mis soledades,
            borra las nubes negras
            que sobrevuelan,
            en esta noche oscura,
            los campos yermos
            donde brotó la primavera.

            Espérame en el pliegue
            de tus labios,
            en el suave fluir
            de tu reloj de arena.
            Junto al brocal del pozo
            del recuerdo,
            en el cristal del agua
            donde se miran
            las últimas estrellas.

            Encuéntrame
            en el nudo de tus brazos,
            hazme un hueco en tu sueño,
            mientras el sol recorra
            el arco de la tierra.
  

                     Consolación González Rico

domingo, 2 de agosto de 2015

TU MEMORIA DE ÁRBOL


              Bajo un sol cenital
          se escapaban mis pasos  
          de una cabeza
          preñada de nostalgias.

          Has salido a mi encuentro
          con tu canción de árbol:
          trinos de pájaros,
          cantares de cigarra,
          y en tu corteza
          rugosas cicatrices
          que hablan de amores viejos,
          de besos que un día fueron
          latidos de la piel,
          hojas de eternidad,
          verdores de esperanza.

          He leído los nombres
          de los enamorados
          que hirieron tu armadura,
          para sellar con savia
          promesas y alianzas.

          Y he querido saber
          si volvieron a verte,
          si cumplieron el pacto,
          si sentiste una mano
          repasar con tristeza
          las palabras talladas.

          Has guardado silencio…
          ¡Tu memoria de árbol
          ya no recuerda nada!

                 Consolación González Rico