miércoles, 26 de junio de 2013

DONDE EL DOLOR SE CALMA


Su ausencia asciende
hasta tus ojos
mil veces cada día.
Llega sin avisar
y sin llamarla,
se instala
en el fondo
de las cuencas,
y clava sus agujas
buscando
los manantiales
de las lágrimas.

Cierras los párpados
con fuerza,
intentas resistirte,
no quieres
que ningún espejo
refleje lluvias
delatoras
rodando por tu cara.

Y la mano de hierro,
amiga vieja,
cada vez con más fuerza
se ciñe a tu garganta.

Es áspera, salobre,
persistente y amarga;
un nudo de pesar
que estrangula el aliento,
que nunca se deshace
ni se sacia.

El dolor crece,
rompe las llaves
de las fuentes,
y el agua estalla en surcos
que te queman la piel
y te secan el alma.

Al fin, cuando oscurece,
frente al cuadro
de estrellas
que la noche dibuja
en tu ventana,
durante un tiempo breve,
bien lo sabes,
habitarás espacios
donde el dolor se calma.
               Consolación González Rico

miércoles, 12 de junio de 2013

POR LOS CAMINOS DEL RECUERDO

Me gusta volver a mis orígenes. Cada vez que visito mi pueblo, disfruto perdiéndome entre sus caminos, borrados por los pinceles del tiempo. Según las veleidades de su clima extremo, mis pasos hacen crujir las grietas provocadas por las persistentes sequías, o se hunden en los charcos que reflejan cielos grises, o, como en esta larga primavera, son acogidos blandamente por flores salvajes que invaden la senda junto al río.




                        

      La humilde belleza de mi pueblo desata recuerdos viejos, que saltan en mi cabeza como lo hacen las ranas a mi paso cuando bordeo el arroyo.
Sacudida por la nostalgia, evoco el tiovivo polvoriento de las eras de mi niñez, ahora cubiertas de flores, hundidas en su quietud, lo mismo que aquellos campesinos que consumieron sus veranos entre polvo, sudor y paja; triturando espigas y aventando granos, en su particular epopeya para asegurarse el pan.  
Oigo la voz amada de mi padre, que brota de la piedra bajo la que se esconde su silencio temprano, sobrevuela la tapia blanca, y llega hasta mi oído con una rama de olivo en los ecos del aire, como si quisiera apaciguar mis guerras interiores…
Y contemplo conmovida el puente de piedra, dinosaurio viejo, que después del  aguacero en los otoños infantiles nos ofrecía el peligroso encanto de sus aguas torrenciales, y nos invitaba a cruzar a la otra orilla con el corazón encogido; como  pajarillos asustados que se lanzaran por primera vez al temerario vuelo.



         Camino y pienso. Flores, espinos y recuerdos. Hasta me atrevo a tejer algún poema.

Es entonces cuando las emociones me resbalan por la cara y riegan las flores azules del suelo, mientras un espino de la ribera intenta abrazar mi tristeza.


ESPINO SOLITARIO

Las lluvias
han borrado el camino,
lo mismo que el tiempo
borró los pasos
de quienes vagaron
por él.

Mis pies tropiezan
entre flores azules,
y un espino se prende
de mi camiseta.

Me cuesta liberarme
de su abrazo,
y  me pregunto,                                   
mientras intento huir
de su hiriente caricia,
si no será su modo
de dar la bienvenida
a quien se acerca a su esplendor
agreste,
después de tantos días
de solitaria espera. 

               Consolación González Rico

jueves, 30 de mayo de 2013

NAVEGANDO EN EL ASFALTO




Todos los días me hago el firme propósito de retirarme a descansar a una hora razonable; nunca lo cumplo. Frente a la página en blanco de la pantalla, cambio los sueños en brazos de Morfeo por otras quimeras, no menos fantásticas, a las que trato de dar vida a golpes de teclado.

En estos menesteres me hallaba anoche, cuando la luminiscencia intermitente de mi móvil me alertó de la llamada. Era mi hija, el reloj se acercaba a la una de la madrugada y llovía, aunque yo, absorbida por remolinos de ideas, ni siquiera me había percatado. Mamá, decía ella, ¡ven a recogerme! Llueve mucho… Han cancelado el concierto.

Apagué el ordenador, cogí un paraguas y salí de casa. Era cierto; el cielo se volcaba sin tino sobre la noche. Llovía a torrentes, como si las nubes quisieran compensar sus olvidos cuando sobrevuelan estériles, tantas primaveras y otoños, este Toledo nuestro resignado ya a su pertinaz castigo.

Giré la llave de contacto, y mi barco azul se dispuso a navegar entre mares de asfalto. Las luces, en el agua trocada en espejo, confundían mi camino; las rotondas, círculos imposibles, me obligaban a arriesgadas incursiones; los forzosos cambios de rumbo, en busca de rutas certeras, se borraban detrás de unos cristales opacos por el azote de una lluvia que el limpiaparabrisas no era capaz de digerir.

Seis millas interminables sin medianas ni arcenes; abducida por una oscuridad tenebrosa, rota a intervalos por intermitencias cegadoras que nadaban contra corriente, lo mismo que yo…
  
Cuando al fin llegué al punto de encuentro, entre decenas de coches que cosían la calzada (sin duda madres y padres dispuestos también a rescatar a sus náufragos), mi hija y sus amigas, cuatro supervivientes de la noche, con el  pelo y las ropas empapadas, y el desencanto pintado en sus rostros, se lanzaron al coche, convertido para ellas en tabla de salvación.

Amainaba el aguacero… Entre baches y ríos de agua, repartí a las frustradas pasajeras. El temporal había impedido que disfrutaran del concierto.

Y así, con el corazón encogido por el miedo, mi hija y yo regresamos a casa, acompañadas, todavía, por el golpear insistente de la lluvia.

Consolación González Rico
30 de mayo de 2013
                                                                                        
                                                                                                                                

lunes, 27 de mayo de 2013

DESNACIMIENTO

                     

Quieres volver
a las estrellas esta noche,
desnacer en el cosmos,
hundir el sinsentido
en agujeros negros
que abracen tu cansancio.

Traspasar las galaxias
en busca de certezas;
de un lugar
donde la hipocresía
no dicte normas,
no encarcele palabras,
no ahogue deseos,
no selle labios
con llaves de silencio.

Quieres que mil estrellas
te guíen
con su estela
hasta sus ojos.
Que un huracán de luz
desenrede su voz,
prisionera perpetua
entre redes de hielo.

Necesitas,
antes de fundirte
con la nada,
que sus labios
siembren el universo
de palabras no dichas,
ésas que, encarceladas,
te han punzado la carne
como espinas voraces.

Anhelas diluvios
de lluvia dorada,
para borrar las cicatrices
esculpidas por la sequía
en los desiertos del alma...

Huír lejos,
muy lejos,
perdidos a años luz
por universos azules,
hasta encontrar la paz
en el desnacimiento.

        Consolación González Rico

miércoles, 1 de mayo de 2013

AL OTRO LADO



       



    Un simulacro de parque en medio del asfalto separando los dos sentidos de la calzada. Dos filas de coches, a ambos lados, escupiendo ruido y humo. 
   Mientras me dejaba empujar por el tráfico, he girado un momento la cabeza y, a través de la ventanilla, ha impactado mi retina la imagen de un hombre joven que, derruido en uno de los bancos, miraba el paso de los vehículos con ojos de distancia. 

   A juzgar por el deterioro de sus ropas y la expresión ausente de su mirada, me ha bastado un instante para darme cuenta, con la claridad de un relámpago, de que se me había mostrado el icono más crudo de la soledad. 

   ¿Qué quedaría en él de los sueños que un día poblaron su cabeza? ¿Quién le habría arrebatado su cobijo? ¿En qué orillas de la vida se le habrían roto las caricias? ¿En qué partida cruel habría perdido los afectos? ¿Qué vivencias de su historia personal, o qué personas, le habrían arrancado de la mirada el último relumbre de esperanza? 

   No llevaba respuestas escritas en su cara, aunque era evidente que se hallaba al otro lado. Al lado de aquéllos que llamamos perdedores. De esos seres, demolidos, a quienes les cuesta levantar del banco cada mañana las ruinas de su cuerpo; a quienes la injusticia, la genética o la deshumanización han convertido en vulnerables en manos de los que dominan el juego con las cartas marcadas. 

   Uno más, arrojado a la calle.    

   Sólo él, sabe cómo y por qué.

jueves, 28 de marzo de 2013

TERTULIAS EN LA SASTRERÍA






Siempre que regreso a mi pueblo y recorro sus calles, me asaltan las historias que se esconden en las esquinas como bandoleros de los caminos de la vida; esos recuerdos viejos que dormitan como fantasmas en las casas, aunque la pintura de sus fachadas, y algún que otro cambio realizado en ellas por sus nuevos moradores, se empeñen en borrar las huellas del tiempo.

Hoy, al pasar junto a la que fuera sastrería, una casita recortada en chaflán, cuya puerta frontal se ha convertido en ventana, la memoria me ha transportado en volandas a los primeros años de mi infancia, cuando aquel pequeño recinto, por voluntad y carisma de El Sastre, se convertía en lugar de reunión de las fuerzas vivas del pueblo: médicos, maestros, curas, practicantes, y campesinos con alma de filósofo, se dieron cita durante lustros en aquella habitación que olía a paños nuevos, a humedad y a jabón de marcar.

La máquina de coser enmudecía por unas horas, las tijeras, despatarradas sobre la pana negra de canutillo, aguardaban pacientes sobre la tabla de cortar, y las agujas y dedales se perdían entre los pliegues del traje a medio hacer.

Era entonces cuando comenzaba la tertulia.

Mi padre, hombre de mente inquieta y carácter abierto, fue uno de los asiduos de tan curioso foco cultural. Recuerdo que, al llegar a casa, solía comentarle a mi madre el tema del día objeto de debate. Con un grupo tan plural, es fácil imaginar que allí se mezclaran los dogmas y el descreimiento, la ciencia y la experiencia, la izquierda y la derecha, el pulimento obtenido de los libros, con el rudimento pragmático de la ruralidad, transmitido por el saber popular.

Las crónicas caseras de mi padre, supongo que eran demasiado densas para ser asimiladas por mi mente infantil (curiosa, por cierto, hasta donde me alcanza la memoria), pero hay una que hoy, a la vista de la pequeña casa de cultura, ha saltado del recuerdo y, tal como la memoria me la dicta, la recojo en honor a aquel círculo de amigos que gozaban con la palabra y el pensamiento.

        Un buen día mi padre empezó a encasillar a las personas en dos tipos: C y F. Los primeros, tenían la nariz chata, la cara redonda, sonreían con facilidad y solían ser felices (a mis ocho años, me miré al espejo y deduje que ése era mi grupo). Los segundos, altos y delgados, de nariz aguileña y poco amigos de la broma, poseían algunos rasgos psicológicos que los predisponían al delito. Había un tercer grupo (no recuerdo bien si llamado M) cuya armonía de rasgos y proporciones iba acompañada de la justeza de carácter y el buen obrar, razón por la cual resultaba difícil hallar algún representante digno de ser encasillado en tan exigente sección. Para otorgar solidez a aquellas teorías, mi padre se apoyaba en las imágenes de un libro que, al parecer, el médico había aportado al círculo de discusión, a fin de ilustrar aquella clase ocasional sobre fenotipo y carácter.

Siento no poder añadir más datos al respecto, aunque, en mi opinión, no importa tanto el qué como el porqué. Lo que de verdad me parece digno de encomio, es que estas humildes paredes guardaran durante años las inquietudes de un grupo de hombres singulares que, arropados por ellas, encontraban en sus conversaciones sobre lo divino y lo humano un antídoto contra la soledad y la rutina.

         ¡Mi admiración a su recuerdo!  



Consolación González Rico
Torrecilla de la Jara
27 de marzo de 2013

sábado, 2 de marzo de 2013

INTEMPERIE


Intemperie: una joya en medio del secarral





Las imágenes de la nieve saltan estos días del telediario o de las redes sociales despertando en mi recuerdo estampas viejas. Ha nevado en el pueblo, dice también mi madre, y la nostalgia, la mía, viaja hasta el otro lado del hilo telefónico con botas de goma, y se hunde en la blandura azulada entre el crepitar de los pequeños cristales.

Cuelgo el teléfono y vuelvo al libro que, desde hace dos días, estoy devorando y me devora: Intemperie. La geografía a la que me transporta, y en la que se mueven mis emociones, es bien distinta: no nieva en Toledo ni en el libro, y sin embargo, esta intemperie me arropa y me fascina.

He llegado al final. Cierro el libro y respiro con satisfacción. Mi entusiasmo hace que me olvide de la ausencia de nieve. Tengo que reconocer que la novela me ha impresionado, y no dejo de darle vueltas a la historia y al modo de contarla.

Su autor, Jesús Carrasco, ha sido para mí todo un descubrimiento. Ha hecho, sin duda, un excelente debut en el panorama narrativo con esta novela en la que un niño huye de un entorno que ha roto su infancia para enfrentarse a kilómetros de soledad y miedo, a través de una llanura, interminable y seca, que tendrá que atravesar para librarse de sus depredadores. Por suerte para él, su encuentro con un viejo cabrero le descubrirá que existen otras formas de vida donde no gobierna la violencia. Otras maneras de interrelación, en las que prevalece el principio de armonía con la naturaleza.

Intemperie es un relato crudo, valiente, arriesgado y genial. Los personajes no tienen nombre, ni falta que les hace. Hablan poco, observan y sienten. Tampoco importan los lugares ni el tiempo. La novela fluye como un río que te transporta al corazón de sus protagonistas y de la historia; que enfrenta la inocencia con la depravación; que envuelve naturaleza y trama; que muestra caminos salvadores por los que escapar a un mundo donde la moral ha huido de sus gentes, lo mismo que el agua se ha escapado de la tierra.

Jesús Carrasco narra con frases cortas y alma de poeta. Roba los sentidos al lector hasta el punto de hacerle percibir, una a una, las sensaciones que experimentan los personajes. El texto, a mi juicio una joya tallada con minuciosidad y acierto, está salpicado de imágenes inéditas y sorprendentes que, en lugar de estorbar al hilo narrativo, lo visten de exquisito lirismo:

 “Le dio al viejo las buenas noches y, como era habitual, no recibió respuesta. Tumbado, repasó el firmamento en busca de las constelaciones que conocía, y cuando hubo terminado, dirigió su mirada a la luna creciente. El resplandor lechoso le hirió las retinas. Cerró los ojos y dentro de ellos vio persistir el fogonazo en forma de arco...”

 “El niño no tuvo tiempo de asustarse. Saltaron en él todos los resortes de la supervivencia y, en un primer momento, apretó su espalda contra la pared como si así fuera a disponer de más espacio sobre la ménsula. Espacio para saltar al otro lado del tubo, sobre el humo y las llamas. Sus células pensaban por él y entre las opciones posibles no consideraron la de dejarse caer sobre los serones ardientes y salir de una vez al aire seco del llano. Si llegaba el caso, dejaría que el fuego, como un hurón ciego y voraz, le mordiera hasta matarle…”

Espero que cuando no nieve en Toledo, caiga en mis manos un libro como éste que me libere de la frustración.

Consolación González Rico

sábado, 5 de enero de 2013

SU PRIMERA DESILUSIÓN






 Celia no podía dormir aquella víspera de Reyes. Tenía cinco años y había pedido un muñeco llorón. Con el cuerpo blandito y la cara y las manos de carne, como el de Ana, le decía a su madre. Porque Ana, la hija del médico, tenía su misma edad y unos juguetes que eran un sueño. Pero en el campo no había lugar para los sueños. Por eso, su madre había velado dos noches para vestir aquel muñeco de caucho rígido, que consiguió en la única tienda del pueblo. Un metro de raso azul y seis horas de vigilia no fueron suficientes para disfrazar el cuerpo desgarbado del monigote. Los ojos de Pilar, enrojecidos por el sueño, le dirigieron una última mirada antes de guardarlo en el armario. No era lo que su hija le había pedido, pero sí lo mejor que podía ofrecerle.


Aquella noche del cinco de enero del 64, Pilar tuvo que esperar largo rato hasta escuchar la respiración acompasada de la niña. Con sigilo se acercó al armario, cogió el muñeco, levantó la cortina y lo acomodó en el hueco de la ventana. Como si el roce de la tela hubiera tocado el sueño de Celia, ésta suspiró entrecortadamente y se dio media vuelta.
- ¿Ya vienen los Reyes, madre? –preguntó sin abrir los ojos.
Pilar arrebujó entre las mantas el cuerpecillo menudo de su hija, la besó en el pelo y le dijo muy quedo al oído:
- Duérmete, no vayan a oírte los Reyes Magos y pasen de largo...

A las pocas horas, el canto de los gallos, o tal vez las siete campanadas del reloj de la torre quebraron el sueño intranquilo de Celia, que se incorporó con el corazón saltándole en el pecho. Buscó a tientas el interruptor de la luz y lo pulsó varias veces hasta que sus dedos infantiles acertaron con el mecanismo. Necesitaba los zapatos, pero enseguida recordó que su madre los había puesto en la ventana, y su madre no quería que anduviera descalza por el suelo. No importaba. Desde los pies de la cama, si estiraba mucho el brazo, podía asir la cortina y tirar de ella con todas sus fuerzas hasta descorrerla. ¿Cómo sería su muñeco? Seguro que abría y cerraba los ojos, y hasta sería capaz de llorar si lo volteaba hacia abajo y hacia arriba. Lo mismo que el de Ana. Y cuando lo estrujara fuerte, como hacía su madre con ella cuando la quería mucho, su cuerpo sería blando y suave, igual que el del muñeco de Ana. ¡Cómo le gustaba cogerlo! Pero Ana era una tonta; sólo se lo había dejado una vez. Claro, que eso ya no le importaba; en cuanto tuviera en los brazos a su muñeco, ya nadie se lo iba a quitar. Lo iba a querer tanto como su madre la quería a ella, porque ella iba a ser la madre de su muñeco llorón desde ese día. Y hasta le podría lavar la cara y las manos con el agua de la fuente, como le había visto hacer a Ana. Dominada por la impaciencia y la curiosidad, levantó las dos manos y tiró de la cortina.

Cuando su madre entró en la habitación, dos horas más tarde, la encontró abrazada al monigote de caucho con la cara brillante y la almohada humedecida. A sus cinco años, acababa de conocer la amargura de la primera desilusión.

Consolación González Rico
Fragmento de mi novela La voz del mar,
ganadora del II Certamen de novela López-Torrijos
 EDITORIAL LEDORIA 2011